El cultivo produce residuos que actúan como fertilizantes que promueven la proliferación de microalgas tóxicas, como las que producen las mareas rojas.

En 2016 cerca de la isla de Chiloé una gran cantidad de salmones fueron víctimas de una especie de alga microscópica (o microalga), que produjo una de las mayores mortalidades de peces de cultivo de las que haya registro. A esta mortandad le siguió una segunda floración de algas nocivas. Existen diversas especies microalgales productoras de toxinas que son capaces de formar importantes proliferaciones, que se conocen con el nombre de “floraciones algales nocivas” (FAN) o, más comúnmente, “mareas rojas”. Del mismo modo, también existen diversas toxinas, con diferentes efectos sobre la salud de los organismos marinos e, indirectamente, del hombre, al consumir estos animales. Algunas con efectos en la salud humana son las toxinas amnésicas y la paralizante de moluscos y la toxina diarreica.

Tanto en Chiloé como en el Canal Beagle las FAN no son un fenómeno relativamente nuevo. Hay incuso relatos acerca de intoxicaciones de los primeros habitantes de la zona así como descripciones de presencia de especies tóxicas desde hace varias décadas. La combinación de las condiciones ambientales que favorecen el crecimiento de este tipo de algas varía entre sitios, si bien algunas características son comunes: como todo organismo fotosintético (es decir, que produce su propio alimento utilizando la luz solar como fuente de energía), las microalgas formadoras de FAN dependen de que las condiciones de luz sean adecuadas. Necesitan además la presencia de nutrientes semejantes a “fertilizantes” que naturalmente se encuentran entre las sales marinas, así como condiciones de temperatura del mar y de corrientes adecuadas. La acumulación de las microalgas en zonas determinadas depende también de la circulación de las aguas, a su vez influenciadas por la intensidad de los vientos, la profundidad, los accidentes geográficos en la costa, entre otros factores. Así, ciertas bahías cerradas pueden ser especialmente propensas a la presencia de microalgas y toxinas. Algunas especies nocivas son capaces de formar quistes que sedimentan al lecho del mar cuando las condiciones dejan de ser favorables, pudiendo desenquistarse y volver a proliferar cuando las mismas cambian. Esto torna la formación de mareas rojas en un fenómeno estacional, observado entre mediados de la primavera, el verano y hasta comienzos del otoño.

Se sabe que el cultivo de especies comerciales en jaulas libera una gran cantidad de compuestos (desechos del metabolismo de los peces y de sus alimentos), ricos sobre todo en nitrógeno y fósforo, elementos que forman parte de los fertilizantes que utilizan las algas. Entonces es muy posible que haya aumento del crecimiento de las microalgas (tanto de las tóxicas como de las que no lo son).

Para entender el efecto de una nueva perturbación como, por ejemplo, la instalación de jaulas de salmones, hace falta una gran cantidad de datos de distintas variables, para poder unir informaciones tanto sobre toxinas como ambientales y de este modo primero comprender y luego pronosticar la formación de las FAN. Es esencial obtener datos de temperatura de superficie y a diferentes profundidades en el mar, mediciones de luz, de nutrientes, de corrientes, y estos, en distintos puntos del Canal, donde la varada geografía de la costa modifique la circulación y la velocidad con que se desplaza el agua. El monitoreo ambiental tiene que ser constante, continuo y de larga duración para que las conclusiones sean válidas. Hasta no tener una línea de base contra la cual comparar el efecto de un nuevo emprendimiento con impacto en el ambiente estaremos jugando a la ruleta rusa con las aguas del Canal.

 

 

 

 

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